miércoles, 18 de enero de 2012

Mil kilómetros

Atravesé mil kilómetros con incertidumbre aún sabiendo lo que iba a encontrar, tratando de apaciguar un corazón.
"Hay cosas que no deben cambiarse" esa frase deambuló en mi cabeza durante todo el viaje.
El corazón que realmente quería cuidar sufre mucho, y aunque de pelea en contra de todo pronóstico médico, aunque suene paradójico, la forma de parar su dolor es que deje de latir.
El hospital geriátrico se mantiene de esperanzas que mueren y se renuevan constantemente, de sentimientos unidos, caras largas, un silencio que aturde y hace pensar, almas solitarias que realzan una sonrisa con una radio pequeña escuchando chamamé, o contando historias que nunca se sabe de su veracidad. Aquí los familiares de los abuelos pasan la noche en un banco de plaza fuera de la sala, como aquel chico a quién falleció su abuela, y a las pocas horas su rostro volvía a a aparecer por el hospital porque su abuelo es quien ahora estaba enfermo.. En ese banco espero, imagino cuantos llantos e impaciencia habrán estado posado en ese lugar. En ese banco me recuesto, y duermo. Despierto. Parece que pasaron horas y fueron solo algunos minutos.
Un jardín y su árbol de mangos saciaba el hambre con sus frutos y esperaba todos los mediodías a los ancianos, que a pesar de todo en esos momentos solo se veían entre sonrisas..Me hice tres nuevos amigos, cleo, patra y rengo, dos palomas heridas y un gorrión al que le faltaba una pata, pero que a la hora de comer era el mas rápido y astuto. Al parecer en este hospital se sienten protegidos y acompañados.
Me retuerzo de la incomodidad, mi cuerpo somnoliente se mueve al compás de las hojas al viento- El sol sofocante inevitable de un verano en Corrientes, mezclado con el olor nauseabundo a hospital me provocaba arcadas.
De noche, ya sin mis amigos nuevos, una luciernaga y su sonido insoportable, que solo podía ser una melodía de fondo en esos momentos en los cuales el médico sale corriendo a preguntar por familiares de un paciente, anunciando el triste final.
Segundo día, la esperanza sigue tan fría como la madrugada, pero sigo en el mismo banco incómodo dando vueltas, como buscando algo que jamas encontraría, ya no quedan uñas en los dedos esclavas de los nervios, cada minuto es un siglo.
Ahora me vuelvo sabiendo que no me voy con las manos vacías, sino que ella con su corazón me dio una verdadera lección de vida, la de la fuerza- Cuando me dí cuenta que ya no me molestaban algunas cosas, que no me importaba bañarme con agua helada ni aquellos viejos miedos comunes que me recorren desde la infancia, supe que había aprendido su lección, que ahora soy un poco mas fuerte. Te voy a llevar en mi piel, en mi sangre y en mis recuerdos.

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